Haced lo que yo digo, que soy un experto

¿Qué es y para qué vale un experto?

Necesito escribir esto porque me desespera ver, primero, a autoproclamados expertos que no lo son, segundo, a partes de la sociedad (especialmente de quienes me son más próximos ideológicamente) que sistemáticamente no se creen lo que dicen los expertos y, tercero, a quienes nos malgobiernan tomando decisiones supuestamente técnicas, apolíticas y marcadas por lo que mandan los expertos.

Parte 1: ¿qué es un experto?

Empezamos con lo básico: un aficionado no es un experto, y un charlatán tampoco es un experto. Uno tiene buena voluntad y el otro no, pero ninguno de los dos tiene lo que hay que tener. “Experto”, “especialista” o “autoridad en la materia”: hablo de personas a la que vale la pena escuchar antes de tomar una decisión sobre su especialidad.

Hay expertos de distintos tipos pero, en general, un experto es un experto en algo real. Esto basta para distinguirlos de los charlatanes, cuya especialidad es imaginaria o ficticia. Veamos algunos ejemplos.

Un experto de los que hacen cosas (como los catalanes) hace cosas que funcionan en la realidad, que sirven a su propósito. Y lo hace mejor que la mayoría de los profesionales de su campo. Un químico que es capaz de obtener en el laboratorio un compuesto que a la mayoría de sus colegas se le resistiría, y que ninguna persona sin formación y años de experiencia sería capaz de lograr, es un experto. Un físico que es capaz de construir un aparato que hace un tipo concreto de medidas con una precisión superior a la de ningún otro es un experto. En amargo contraste, un charlatán que fabrica, recomienda o vende caramelos que no curan más que un padrenuestro no es un experto.

Un experto de los que hacen teorías hace teorías que funcionan en la realidad, que sirven a su propósito. Y lo hace mejor que la mayoría de los profesionales de su campo. Describe un procedimiento experimental o un fenómeno, y cuando otros lo llevan a cabo, sucede lo que dice la teoría. Si hay varias teorías que compiten en predecir, la suya es la que menos se equivoca. A plazo inmediato parece que no sirven de nada, pero haciendo las mejores teorías, estas personas hacen posible que las personas que hacen cosas hagan cosas que funcionan mejor, porque les ahorra años de prueba-y-error. De hecho, como sus aportaciones son tan útiles, estas personas escriben y son leídas por profesionales en todo el mundo. Ojo: un iluminado que lleva dos años leyendo (o escribiendo) patrañas por internet no es un experto. Los expertos leen y escriben, pero no todo el que lee y escribe es experto. Ni mucho menos.

Por último, un experto de los que plantea cuestiones fundamentales plantea preguntas que van a la raíz de la realidad, y que por tanto sirven a su propósito. Y lo hace mejor que la mayoría de los profesionales de su campo. Preguntas que ayudan a los expertos que hacen teorías a elaborar teorías sobre campos nuevos, o a mejorar las teorías existentes, de forma que predicen mejor lo que va a ocurrir en una circunstancia determinada.

En resumen, un experto no es quien dice serlo sino quien lo demuestra con la realidad. Y, aunque seáis iguales en dignidad y derechos, sobre su tema tu punto de vista no vale tanto como el suyo… salvo que seáis expertos en lo mismo. Siempre teniendo claro que la clave de un experto es que lo es en la realidad, se puede considerar, que, además, una autoridad en una materia influye en sus iguales, y sea reconocido por ello. Eso nos permite, en la práctica, extender cadenas de confianza a partir de expertos en quienes confiamos, a la hora de reconocer a otras autoridades en otras materias.

Parte 2: ¿Cómo es una autoridad en la materia útil, y qué hacemos con ella?

Primero, esta persona relaciona decisiones con consecuencias, es decir, dice algo sobre la realidad: “Si hacéis esto, pasará aquello”. Segundo, estima la incertidumbre de su propia previsión, es decir, dice algo sobre sí misma: “La teoría o el modelo en el que me baso para decir lo anterior, en contextos similares a este, falla una vez de cada cinco”. Escuchar a una persona que cumple estos dos requisitos -o, mejor aún, a varias, porque ningún experto lo sabe todo sobre su campo- nos permite una toma de decisiones informada, basada en la realidad. Y esas son las decisiones más eficaces. En el momento histórico en el que estamos, no podemos permitirnos tomar decisiones basadas en la ficción.

Todo esto es igual de verdad quienquiera que tome las decisiones: si es el Faraón o el Papa, como si es el alcalde o el presidente, como si es una asamblea libre y horizontal. Ahora bien, todas las decisiones tienen pros y contras. No es posible tomar una decisión sin tener una visión del mundo, una ideología, unos valores políticos. Por eso la decisión no la ha de tomar el experto. Por eso la decisión será distinta dependiendo de quién la tome: escuchando informes de los mismos expertos, la mejor decisión para el Faraón no será necesariamente la mejor para sus esclavos; y la mejor decisión para los trabajadores no será necesariamente la mejor para el patrón. Pero el papel del experto sí ha de ser el mismo, porque la realidad sí es la misma, haga quien haga las preguntas. Esto no significa que el experto no pueda tomar partido: siempre será más socialmente responsable quien se forma, se especializa y se dedica a responder las preguntas que plantea el pueblo que quien se dedica a servir al tirano… o al ministro de turno, o a la Comisión Europea.

He de acabar diciendo que no soy un experto en Teoría del Conocimiento -también llamada Epistemología– ni en Filosofía de la Ciencia, así que estas son simplemente mis reflexiones, producto de mis vivencias como experto en otros campos.

De qué hablo cuando hablo de la realidad

Cuando escribo (sobre expertos, sobre bulos…), hago frecuentemente referencia a la realidad. Este es un concepto escurridizo, si nos ponemos a discurrir en planos de abstracción elevados (el “pienso luego existo” y el “solo sé que no sé nada“). Pero para distinguir a expertos de charlatanes, basta con referirse a la realidad como aquello que podemos definir, aquello sobre lo que es fácil que dos personas se pongan de acuerdo. Algo que permite verificar predicciones teóricas y cuantificar efectos experimentales.

La realidad que viviremos la inmensa mayoría de quienes leemos este texto es que mañana saldrá y se pondrá el sol. Eso lo damos por obvio. Entrando en más detalles, la realidad también es que, si estás en una playa de Valencia un 1 de diciembre a las 8 de la mañana, y miras hacia el Mediterráneo durante unos minutos, ves amanecer. Esto yo no habría sabido decirlo sin ayuda. Afortunadamente, hay personas que han desarrollado métodos para calcular la salida y puesta de sol en cualquier fecha y punto del mundo. Y resulta que esos métodos funcionan bastante bien. En la realidad.

La realidad es que si dejas caer desde una mesa normal una taza de porcelana sobre un suelo de gres, la mayor parte de las veces se romperá al caer. Y si en cambio lo que dejas caer es un vaso de plástico sobre un suelo de madera, la mayor parte de las veces no se romperá al caer. A las personas que se especializan en ciencia y tecnología de materiales hemos de agradecer el tener hoy en día tantos materiales con propiedades interesantes, que nos permiten a su vez desarrollar todo tipo de tecnologías útiles.

La realidad es que las vacunas no causan autismo, que el virus del SIDA existe. La realidad es que el agua no se imanta. La realidad es que lo que vemos tras los aviones son estelas de condensación: agua. La realidad es que la homeopatía no tiene más efecto que el placebo y rezar a un santo tampoco. La realidad es que una colección de anécdotas, el amimefuncionismo, no tienen la misma capacidad para determinar lo que es real que un estudio de doble ciego, ni un estudio único tiene la misma capacidad que un metaestudio.

Hay hordas de personas que se hacen pasar por expertos y que no lo son. Personas que nos cuentan, o bien mentiras a sabiendas, o bien sus ideas equivocadas, haciéndolas pasar por reales. Insensatos e insensateces que causan un grave daño social y terribles dramas personales.

En definitiva, lo que es real no lo es porque te lo diga un experto: la realidad está ahí para que la verifiques. Ahora bien, en los casos en los que no sé, no puedo o no quiero comprobar un hecho por mí mismo, siempre puedo leer con ojos críticos lo que han escrito los expertos en ese campo. Las personas que de verdad son una autoridad en su materia. Si sé poco, me habré de conformar con la divulgación y me podré fiar menos de lo que entienda. Pero cuanto más aprendo, o si conozco a alguien que sabe de verdad, más cerca estaré de poder acceder al mejor conocimiento del que dispone la Humanidad sobre ese aspecto concreto de la realidad.

¿Te apuntas a una partida a la ruleta rusa climática?

Primero te cuento un poco cómo va el juego, y luego tú ya decides si te apuntas, ¿vale?

Lo de la ruleta rusa climática viene a ser así: en cada ronda, mantenemos 10 años más nuestra civilización industrial. Esto nos permite mantener nuestra economía basada en el crecimiento infinito, y, en lo esencial, el estilo de vida al que nos hemos acostumbrado, durante 10 años más. Esa, con todas sus pegas (boinas…), es la parte buena. Luego está la parte mala: en cada ronda, suben un poco la concentración de CO2 en la atmósfera, sube un poco la temperatura promedio del planeta, y sube un poco el nivel de los océanos. (¡Si vives en la costa, no te pierdas este simulador!) Los cambios graduales de temperatura y lluvias, sumados al desplazamiento de la linea costera, significarán para los ricos pagar un coste de adaptación cada vez más alto. Así que no era del todo cierto lo de mantener el estilo de vida, pero bueno, esto lo tenemos (casi) controlado. Para los pobres, como siempre, será mucho peor: estos cambios graduales implicarán cada vez más escasez y más migraciones masivas. Esto también lo conocemos: simplemente, en cada ronda la situación será algo más dramática. La guerra por los recursos ya existe, así que esto, aunque sea trágico, ya lo conoces. A estas alturas te tengo que confesar lo que en realidad ya sabes: es tarde para decidir si te apuntas a unas rondas de ruleta rusa climática, porque desde que naciste estás jugando una partida. De hecho, seguiremos jugando a este juego mucho después de que hayan muerto tus hijos, si los tienes.

Vale, pero ¿por qué a esto, que es el cambio climático que ya conoces, le llamo ruleta rusa? Aquí viene lo emocionante, y estoy seguro de que esta parte de las reglas no la conoces. Resulta que, y esto sí te sonará, el clima es un fenómeno complejo. Así, el clima está plagado de fenómenos no lineales: bucles de retroalimentación, sistemas biestables, reacciones explosivas o en cascada… colapsos. Son como los fuegos artificiales del cambio climático: súbitos, violentos, espectaculares y que golpean con fuerza irresistible cuando menos te lo esperas. Igual esta no es tu experiencia con los fuegos artificiales; digamos que son como los fuegos artificiales si eres un pájaro pasando por la zona equivocada del cielo.

Esto quiere decir que, además de la parte comparativamente sencilla de predecir (“tanta subida de CO2 conlleva tanta subida de la temperatura y tanta subida del nivel del mar”) hay otros resultados que posiblemente costarán la vida de millones de personas, y que resultan muy difíciles de predecir en detalle. Esta es la ruleta rusa climática: en cada ronda, si ganas, mantienes algo que se parece a la civilización industrial actual, con su crecimiento económico infinito (para algunos) y el estilo de vida que conocemos… salvo por las pegas del calentamiento global. Si te toca la bala, pues pasan cosas bastante más graves y bastante más deprisa. Sabiendo esto, al menos a mí me apetece menos seguir con la partida.

¿Por qué estoy seguro de que no conoces las reglas del juego? ¡Porque no se conocen! A día de hoy, los mejores cálculos se limitan a predecir el riesgo de que tengan lugar estos colapsos según el número de grados que hagamos subir la temperatura de la caldera en la que vivimos. Hace un mes se publicó en los Proceedings of the National Academy of Sciences una revisión bastante general de estos cálculos. En resumen, la cosa está fea: incluso si la subida es solo de 2 grados centígrados en la temperatura media del planeta, el riesgo de que vivamos al menos uno de estos colapsos está entre un 33% y un 50%, según las estimaciones. Y, como en la ruleta rusa, cuantas más balas metas en la pistola y cuantas más rondas juegues (en este caso cuantos más grados subamos la caldera y cuantos más años pasen), más probabilidades tienes de encontrarte con una sorpresa desagradable.

Lo peor es que nos va a llevar un esfuerzo comparable al de una guerra mundial el no rebasar esos 2 grados. Una movilización ciudadana sin precedentes, acuerdos políticos de enorme solidaridad entre estados… y, probablemente, dejar de practicar el capitalismo tal y como lo conocemos. Por las buenas o por las malas: el tiempo de las reformas se nos está acabando, y para sobrevivir pronto nos tocará hacer cambios radicales. Y recordemos que, incluso por debajo de esos 2 grados, el riesgo de que sucedan a lo largo de tu vida uno o varios fenómenos explosivos es mayor que el riesgo de que te toque una bala al jugar una ronda de ruleta rusa, algo que a la mayoría nos parece inaceptable.

Más esperable es, por el camino por el que vamos, superar holgadamente los 4 grados de incremento de temperatura media del planeta. A eso vamos si no detenemos barbaridades climáticas como el TTIP. Y, desde luego, lo de las movilizaciones sin precedentes y los cambios políticos y económicos radicales no son opcionales: por las buenas o por las malas, la forma de vida actual caerá. Mucha más solidaridad… o mucha más violencia, si mantenemos el capitalismo y dejamos que unos pocos acaparen el poco bienestar que quedará después de una última generación de saqueo: eso depende de nosotros. Por cierto, por encima de 8 grados, las probabilidades de fenómenos extremos se disparan.

A mis compañeras ausentes

Compañeras ausentes del mundo académico,

con ocasión de la Marcha Social contra las Violencias Machistas 7N, os escribo para transmitiros que os echo de menos. Echo de menos vuestro talento y vuestra capacidad de trabajo, y también vuestra visión del mundo. En vuestro lugar, hay trabajando en mi entorno académico hombres comparativamente incompetentes. Claro está que los mejores, hombres o mujeres, son muy buenos, pero el hecho es que el potencial de la mujer y el del hombre son muy similares, y sin embargo en los puestos altos de investigación hay muchos más hombres que mujeres: es obvio que a vosotras, de una forma o de otra, se os impone un corte más exigente que a nosotros. El resultado final es que entran hombres con menos capacidad que algunas de las mujeres que quedan fuera. Es importante darse cuenta de que esto no solo preocupa a personas interesadas en la justicia social, sino también a organismos al servicio del capitalismo como la Comisión Europea, ya que a escala internacional supone un enorme desperdicio de recursos.[1] Lo que para unos es injusticia y drama humano, para otros es ineficacia y drama económico.

Muchas de vosotras, muchísimas, sí que tenéis estudios universitarios: ahí la brecha de género está cerrada desde hace años, y si acaso se ha invertido. Es al comenzar el doctorado cuando comienza el desgaste de la población femenina. Tras el doctorado, en el momento de salir al extranjero, el desgaste se intensifica y la brecha crece. Investigadoras comparativamente más capaces que sus compañeros renuncian a seguir la carrera investigadora, desvirtuando la competición. Otro día entramos en si esta competición es sana o no, pero ahora mismo la situación es esa. Hay multitud de problemas sociales, externos al mundo académico, que impiden que la selección altamente competitiva del mundo académico funcione, y así desperdiciamos una enorme cantidad de talento. Por otro lado, imagino que muchas mujeres estarán viviendo una vida menos enriquecedora de lo que podrían si se dedicasen, al máximo nivel, a aquello para lo que tienen un talento extraordinario.

Vosotras, mis compañeras ausentes, os quedáis en casa, cuidando a los niños, a los ancianos o a los enfermos, mucho más que vuestra pareja o que vuestro hermano. Os metéis en una carrera menos competitiva, por tener que soportar más presión social de la que tenemos que soportar nosotros. O renunciáis a los años de estancia postdoctoral por cargas familiares, en mayor proporción de lo que hacemos los hombres. Y no es que para los hombres sea fácil: algunos se dejan la vida en el intento. Es solo que las mujeres lo tenéis todavía más difícil. Y a estos factores externos se unen, seguro, dificultades extraordinarias dentro del mundo académico.

Tampoco me olvido de vosotras, compañeras presentes: las que estáis donde estáis pese a todas esas dificultades extra. Reconozco vuestro talento, el esfuerzo extra que tenéis que hacer comparado con el que tengo que hacer yo para obtener el mismo reconocimiento.

No quiero proponer soluciones porque no soy especialista en Estudios de Género. Creo que he leído bastante de feminismo comparado con mi entorno académico más inmediato, pero, en comparación con las disciplinas a las que me dedico profesionalmente, tengo el tema poco trabajado. Sin embargo, sí me siento capaz de reconocer el problema, y es un problema grave.

Las mujeres muertas por su género, las compañeras más criminalmente ausentes, son una tragedia social y prácticamente universal sobre la que debería resultar fácil buscar el consenso. La violencia de género en general, pero especialmente la que acaba en muerte, es la mancha de sangre que no puedes dejar de ver. Pero es solamente una parte de un cuadro mucho más grande, y más complejo, que es el patriarcado. Por la urgencia siempre hacen falta los parches y las reformas. Resolver los problemas de raiz requiere, además, cambios radicales.

Por eso #7N #YoVoy.

[1] Escribo esto repasando este informe sobre género e investigación y recordando el seminario al que asistí hace unos meses sobre el mismo tema.

Me he comido una hamburguesa. ¿Voy a morir?

La respuesta corta es que sí, que vas a morir (aunque seguramente no por comer hamburguesas). El informe publicado hoy por la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer, que analiza y resume multitud de estudios anteriores, clasifica “el consumo de carne roja como probablemente carcinógeno para los humanos (Grupo 2A), basado en evidencia limitada de que el consumo de carne roja causa cáncer en los humanos y fuerte evidencia mecanicista apoyando un efecto carcinógeno“. Esto no supone una desviación importante de informes anteriores de su homóloga estadounidense, que ya advertían de que tu riesgo de morir de cáncer aumenta si comes cantidades excesivas de carnes rojas cocinadas (“excesivo” es más de medio kilo a la semana) o bien cualquier cantidad significativa de carnes procesadas (bacon, jamón serrano, hamburguesas…).[1] Aquí es importante tener en cuenta que no hablamos de un estudio aislado, sino de una colección de metaestudios que recogen datos de miles de casos de cáncer, con cientos de miles de participantes: décadas de trabajo.

Vale, entonces quedamos en que el bacon, el jamón serrano y las hamburguesas dan cáncer. Esto está muy bien (sobre todo si eres vegetariano, en otro caso es un dolor), pero, en la práctica ¿tú qué vas a hacer? ¿Reducir la ingesta de carnes rojas cocinadas y de carnes procesadas? ¿O pasar de todo porque al final los médicos y los científicos somos unos agonías y de algo te tienes que morir?

Aunque en el día a día es probable que lo vayas a decidir emocionalmente, tener unos números delante nos puede ayudar a ganar perspectiva, porque al final la vida es evaluar riesgos y hacer compromisos entre pros y contras. Según leo, por cáncer colorectal en EEUU, en una ciudad mediana (un millon de personas) esperan algo más de 400 casos por año, que se traducen en algo más de 150 muertes por año. Con una alimentación adecuada, ejercicio moderado y un peso adecuado de ese millón de personas, se evitarían algo más de 200 casos al año, es decir, unas 75 muertes al año. Otro estudio obtiene que cada incremento en el consumo, por persona, de 120 g/día de carne procesada + carne roja cocinada, para un millón de personas, conllevan más de 100 casos extra al año, o algo menos de 50 muertes extra al año.[2] De acuerdo con el informe reciente, referido a todo el mundo (en general, tanto el consumo de carne roja como la incidencia de cáncer de colon tienden a ser menores en países pobres), el promedio sería más bien de 30 muertes extra al año por millón de habitantes, con un incremento de 120 g/día de carne roja.

¿Y qué son 75 muertes al año por millón de habitantes (lo que se ahorrarían en EEUU comiendo sano y haciendo ejercicio)? ¿Y qué son 50 muertes extra al año por millón de habitantes (lo que pagarían por aumentar la ingesta de carnes rojas y procesadas en 120g por día y habitante)? Yo vivo en un pueblo de 10 000 habitantes: si de repente todos comemos sano y hacemos ejercicio moderado, apenas tocamos a un muerto menos al año por cáncer de colon. Y al revés: si cada persona de las 10 000 de mi pueblo añade un cuarto de kilo al día de carnes procesadas y carnes rojas cocinadas a su dieta, se esperará que muera uno más al año de cáncer de colon.[2] ¿Eso mucho o es poco?

Para conseguir una comprensión intuitiva de un número, ayuda tener en la cabeza otros números. Esto pasa mucho en ciencia, por cierto. Por accidentes de tráfico en España fallecen cada año entre 20 y 40 personas por millón de habitantes. Y nos parece algo grave, así que seguimos invirtiendo en campañas informativas, y endureciendo las normas, para reducir este número. Y por accidente laboral mueren en España casi 10 trabajadores por millón de habitantes y año, que es como decir unos 25 trabajadores por millón de trabajadores y año. Esto tiene muy poca visibilidad comparado con el tráfico, pero en realidad también es mucha gente, y también son muertes evitables: incluso dentro de los países “ricos”, hay tremendas variaciones en tu probabilidad de morir en el trabajo, dependiendo de en qué país trabajes.

Así que, volviendo al tema, no, comer hamburguesas probablemente no te matará: el aumento de riesgo es moderado. Pero sí, comiendo carne procesada o un exceso de carne roja estás poniendo en riesgo tu vida, y sí, es comparable o superior a otros factores de riesgo a los que se les da mucho más bombo. Por ponerlo en otro marco y ayudar a fijar conceptos: los cánceres colonorrectales suponen alrededor del 10% del total de las incidencias de cáncer y alrededor del 8% del total de las muertes por cáncer.

Y ya que estamos con los cánceres colonorrectales, hay pruebas convincentes de que aumentan el riesgo de sufrirlos:
-las carnes rojas
-las carnes procesadas
-las bebidas alcohólicas (en hombres)[3]
-la grasa corporal
-la grasa abdominal
-los factores que llevan a alcanzar mayor altura en la edad adulta
y hay pruebas convincentes de que disminuyen el riesgo:
-la actividad física
-las comidas que introducen fibra en tu dieta.

[1] En realidad no hay gran novedad en esto, como es de esperar en informes apoyados en metaestudios ya publicados. De ahí que haya podido escribir todo el texto, salvo retoques, basándome solo en lo que ya se sabía ayer. Para quien tenga interés, dejo aquí un enlace al informe y un par de otros enlaces relacionados:
*Monografías de la IARC evalúan el consumo de la carne roja y de la carne procesada
*Red Meat, Bacon, Processed Meats and Cancer: Back in the News
*The Prevention of Colorectal Cancer
[2] Todos los países no son iguales: en España estamos algo peor. Por millón de habitantes, esperamos algo más de 330 muertes al año por estos tumores (250 por el de colon y otros 80 por los de recto, rectosigmoide y ano).
[3] Tampoco te pienses que por ser mujer tu colon está a salvo del alcohol. En mujeres se han obtenido menos datos y la conclusión es menos clara.

Avanzo cuando intento demostrar que me equivoco

Empiezo por la economía, pero no te alarmes: a partir del tercer párrafo vuelvo a lo mío, que es la ciencia. Como quizá te ocurra a tí, me gustaría entender mejor la economía, para así poder decidir con criterio de qué formas seguir trabajando por un mundo mejor. Para esto me sirve, por ejemplo, leer a Ha-Joon Chang. Él es institucionalista, desarrollista, Keynesiano y capitalista, cuando yo soy más bien eco-anarquista, anarcafeminista, anarcocomunista. Es decir, que no compartimos buena parte de la escala de valores. Bueno, y él es profesor de Economía en Cambridge, y yo… no. Chang es una persona intelectualmente honesta, muy inteligente, que argumenta bien, que se documenta muy bien y que escribe muy bien, y esto hace que se aprenda mucho leyendo sus libros. Y, como me hace poner en duda mi posición ideológica, me lleva a pensar más y a buscar más fuentes de alta calidad para seguir avanzando, entendiendo y actuando de forma coherente con mi posición ética. Claro, también avanzo cuando leo a gente más afín, si comparten el ser intelectualmente honestos, inteligentes, argumentar bien, documentarse bien y escribir bien. Puedo avanzar sin confrontación, pero si me expongo a un pensamiento bien estructurado y con ideas algo distintas a las mías, avanzo más.

Y luego está todo lo contrario, que es lo que hacemos cuando abrimos twitter o facebook: exponernos a asnos -si se me disculpa la expresión- “del otro bando” y unirnos a “los nuestros”, unos días en indignarnos, otros en reirnos de los rebuznos. Esto nos da una falsa sensación de superioridad, tanto personal como de la ideología de cada cual. Pero asnos hay en todas partes. O, más que asnos, personas a las que les ha faltado la capacidad, la formación, la paciencia o la sobriedad para escribir un pensamiento coherente en un momento dado. Personas así hay en todas partes, y el hecho de que existan no invalida ideología alguna. Dicho de otra forma: pienses lo que pienses, siempre vas a poder encontrar a uno más tonto que tú que piense lo contrario. Si quieres demostrar que tus adversarios ideológicos están equivocados, lee críticamente sus mejores libros, no sus peores tuits. Por muy entretenido que resulte a veces, y por muy útil que parezca en términos de propaganda, en realidad riéndonos de los rebuznos no avanzamos nada.

¿Qué tiene que ver esto con la ciencia? La segunda parte, muy poco: en ciencia, que alguien escriba una sandez en contra de una teoría no hace que la teoría sea correcta (ni incorrecta). La primera, el leer a gente inteligente que dice cosas interesantes en contra de la teoría que uno está defendiendo, mucho. De alguna forma, precisamente eso es la ciencia: plantear una teoría, ponerla a prueba por todos los medios -es decir, tratar de demostrar que es incorrecta- y, a veces, fracasar. Y solo entonces podemos aceptar honestamente esta teoría, provisionalmente, como correcta.

¿Y cómo intentamos demostrar que la teoría que proponemos es incorrecta? Fundamentalmente hay dos caminos. Por un lado, puede ser suficiente mostrar su inconsistencia interna, y aquí, aunque la autocrítica es necesaria, nos ayudan enormemente los colegas y revisores externos. Al intentar publicar los artículos, nos señalan: “de los experimentos o cálculos que has hecho no se extrae lo que concluyes“. Y duele, pero es imprescindible. De ahí el valor del sistema de publicación revisada por pares: se hacen más experimentos, más cálculos, se revisa, se corrige o se retira lo que se pretendía concluir. Se avanza, y se evita avanzar en falso.

La otra forma de demostrar que la teoría que proponemos es incorrecta es predecir resultados experimentales en ciertas condiciones, y luego comprobar si la predicción es correcta. Esta es la base de la ciencia empírica, y es una idea que no está lo bastante extendida. El orgullo de la ciencia y la diferencia con lo que llamamos pseudociencias no viene de tener títulos o batas blancas. La diferencia y el orgullo están en ser capaces de hacer predicciones y en ser capaces de, a continuación, verificarlas experimentalmente. Me detengo a decirlo con otras palabras, porque es un concepto que da vértigo: verificamos que la realidad, en su infinita complejidad, reproduce casi exactamente lo que ha predicho una ecuación sencilla. Porque la ecuación, comparada con la realidad, siempre es muy sencilla. Esto es lo que no hace bien una pseudociencia, porque, cuando lo hace bien, es ciencia. Esto es lo que no hacen en absoluto las supersticiones, y lo que se enorgullecen de no hacer las religiones. Y algunas supersticiones, religiones incluidas, van más allá y se enorgullecen de no ser ni siquiera internamente consistentes (“los caminos del Señor son inexcrutables”, “doctores tiene la Iglesia”…).

En ciencia, una teoría es apreciada por su sencillez, por su elegancia y por su potencia, pero también por las formas diversas e ingeniosas en las que ha sido puesta a prueba sin lograr demostrar que es incorrecta. Cuanto más la han machacado, cuanto más ha resistido, más claro tenemos cuales son sus límites de validez, hasta dónde llega y dónde empieza a fallar. Y, aunque las ciencias sociales y las humanidades no sean ciencias en el sentido de la Física, la Química o la Biología -como estas últimas no lo son en el sentido de las Matemáticas- creo que como animales políticos sí nos hemos de exigir honestidad intelectual. A la hora de validar las propias convicciones políticas, no caigamos en el comportamiento del fan incondicional. Expongámonos a intelectos honestos, que argumenten, que se documenten y que escriban bien, y que no piensen exactamente lo que ya pensamos nosotros. Seremos más críticos, y avanzaremos.

Conspiranoia, activismo y ciencia: chemtrails

Una tarde de verano de 2011: calor, pancartas y sonrisas. Pienso que hoy no ha venido mucha gente, pero la verdad es que aún es pronto, y siguen llegando. Ahí están Mila y Nacho, de mi asamblea.  Una chica nos reparte fotocopias: «Reunión de Educación el lunes». Me interesa: a la mochila. Parece que ya nos movemos cuando otro chico nos reparte la siguiente octavilla: «Toma la Bolsa, el 17S». A esto sí que habría que venir, pienso. Ya salimos de la plaza cuando me ponen en la mano el tercer papel de la tarde:

«Mira al cielo, ciudadano, y podrás ver lo siguiente: […] estelas químicas […] nubes químicas […] Infórmate, busca en internet chemtrailsSigue leyendo

Deslocalización… y relocalización

Originalmente (2013) iba a abrir el blog en este espacio de la Universitat de València, pero en una primera fase decidí hacerlo en la sección “los socios escriben” de La Marea. Ahora (2015) que en La Marea se ha reorganizado esa sección y enlazan directamente a los blogs, retomo el proyecto en este espacio.

¿De qué va esto? Si os parece, os lo cuento mediante un índice parcial de entradas de la fase anterior. Sigue leyendo