Energía y cambio climático: el enunciado de un problema determina su solución.

A los 15 años, mi forma de entender la ciencia dio un vuelco. El profesor de Física nos impuso que, antes de empezar a resolver un problema, escribiéramos, en este orden:
En primer lugar, lo que nos dan: ¿qué datos contiene el enunciado, qué cosas “sabemos que son verdad”?
En segundo lugar, lo que nos piden: ¿qué dato nos pide el enunciado, qué es lo que queremos averiguar?
Y en tercer lugar, las ecuaciones físicas que conocemos y que relacionan lo que nos dan con lo que nos piden.

Yo siempre había sido más de tirarme a la piscina sin mirar, impaciente por llegar al resultado. Me costó aceptar la importancia de escribir formalmente el enunciado del problema. Parece una obviedad, pero no lo es en absoluto: el enunciado formal de un problema determina su solución. Antes incluso de levantarnos de la mesa y empezar a andar, con el acto de trazar las lineas sobre el mapa hemos fijado ya la ruta hasta el final. Claro está que alcanzar ese destino fijado no siempre es fácil, pero al menos el mapa está bien señalizado, y solo hay un destino posible. Es fundamental entender esto, así que lo repetiré: el enunciado formal de un problema, dadas las variables que conocemos, las variables que buscamos, y las ecuaciones que las relacionan, determina su solución. Si queremos una solución distinta, hemos de enunciar el problema de forma distinta.

Saltamos 25 años hacia el futuro, y llegamos al curso 2016/2017. Ya no estoy en clase, pero sigo escuchando conferencias de profesores: ahora, en congresos y encuentros científicos internacionales. Frecuentemente, el problema del que se habla tiene que ver con cambio climático, CO2 y energía. Todos, o casi todos, estamos de acuerdo en que es un problema que hay que resolver: el Gran Problema de la Humanidad en el siglo XXI. Tanto es así que, para darles relevancia, vinculamos las investigaciones más diversas con el Gran Problema: polioxometalatos que actúan como catalizadores en la oxidación del agua, estructuras metal-orgánicas que pueden servir como filtros de gases, dispositivos electroquímicos que servirán como baterías más eficientes, perovskitas con buena eficiencia para dispositivos fotoeléctricos…

Como el Gran Problema es tan complejo, lo que en los problemas de la adolescencia eran “ecuaciones” será ahora “toda la ciencia que conocemos y toda la tecnología de la que disponemos”. Toda… y más: parte de la solución es investigar para obtener nuevas ecuaciones: nueva ciencia que de lugar a nueva tecnología. Pero la clave, que no ha cambiado desde mis tiempos del instituto y que aún así da la impresión de que a mucha gente se le escapa es ¿cómo enunciamos el problema?

Y aquí llegamos al motivo de la indignación que da lugar a este texto. Casi siempre, en la introducción de una charla cuelan una premisa del tipo: “El consumo de energía mundial se multiplicará por dos para el año 2040.” Y a partir de ahí buscan minimizar el daño: que si fuentes de energía renovables, que si pilas de combustible, que si formas de secuestrar el dióxido de carbono… de donde no los sacas es del crecimiento. El consumo de energía ha de seguir creciendo. Eso es así. Las emisiones, ya veremos. Nos estamos cargando el clima, y, por este camino, nuestra civilización, pero no me pidas que renuncie a crecer.

¿Cómo vamos a resolver el Gran Problema si ni siquiera en el entorno científico admitimos la imposibilidad del crecimiento infinito en un sistema finito? Y, si metemos el crecimiento en el enunciado, ¿cómo va a estar el decrecimiento en la solución?
¿Cómo vamos a ponernos a trabajar en las herramientas que necesitaremos para vivir dignamente consumiendo menos, si incluso las charlas que parecen tener un tema de medio ambiente dan por sentado que el crecimiento ha de continuar?

Nos negamos a admitir una pérdida de poder adquisitivo total para la Humanidad. Una pérdida que es inevitable, nos lo dicen nuestras ecuaciones. Por las buenas o por las malas, la fiesta se acaba. Se acaban el combustible barato, se acaba la estabilidad del clima frente a nuestros desmanes, se acaba el sueño presente del consumismo para todos (ese sueño que, incluso hoy, es pesadilla para la mayoría). Y, al negarnos la posible salida de un decrecimiento ordenado, al negarnos a poner el freno, nos acercamos al abismo, nos arriesgamos al colapso.

Tecnologías cuánticas, políticas de cuotas, compañeras ausentes

tale
Fotograma del corto de animación A Tale of Two Women and Their Careers in Science que ilustra cómo mujeres científicas con talento quedan descolgadas de la investigación.

A las 5:00 AM suenan un par de despertadores en mi dormitorio. ¡Arriba, que no hay que perder el tren! Una dosis suficiente de café y 5 horas después y me encuentro en el Salón Principal del Centro Superior de Investigaciones Científicas, en Madrid, esperando a mis colegas para que empiece el Tercer Foro de Tecnologías Cuánticas. El tema: el Quantum Technologies Flagship, la iniciativa estratégica del sector público en Europa, que se extenderá durante diez años, para potenciar las tecnologías basadas en la mecánica cuántica (¡yuju!). Como en el caso de las iniciativas equivalentes dedicadas al Cerebro Humano y al Grafeno, se trata de sectores que se consideran con un gran potencial económico y en los que es un riesgo económico y social para Europa quedarse atrás.

Durante las cuatro horas que dura la reunión volvemos, una y otra vez, al tema de la inclusividad y la participación en la toma de decisiones. Al final de lo que se está hablando, para entendernos, es de los criterios para repartir los mil millones de euros que se dedicarán a la iniciativa.

Se considera vital, para empezar a orientar esto de la inclusividad, la participación de agentes de la industria en las decisiones que haya que tomar a la hora de orientar esta iniciativa pública, y no solamente escuchar al mundo académico. Por un lado los dos enfoques son complementarios, y por otro, si los dos mundos están contribuyendo al avance de la ciencia y la tecnología, parece justo que los dos participen en la toma de decisiones. Así, de las 24 personas en el High Level Steering Comittee (los que pilotan, los que marcan las reglas del juego), 12 son representantes académicos y 12 de la industria. En el reparto de dinero no se habla explícitamente de cuotas, pero sí de un mandato que insta a intentar que, a lo largo de los diez años, aproximadamente la mitad de los proyectos estén liderados por un agente de la industria. Es cierto que los asistentes a la reunión de hoy son en aplastante mayoría académicos, pero, quizá precisamente por eso, se ha reservado una charla al representante español de la industria en el Comité.

Seguimos con la diversidad: se da por hecho, y aún así se menciona más de una vez, lo vital que es mantener vivas las variadas aproximaciones que hay actualmente a las tecnologías cuánticas. En las aplicaciones de la mecánica cuántica hay varias tecnologías posibles que coexisten, con diferentes ventajas e inconvenientes potenciales (trampas de iones, superconductores, semiconductores, moléculas…). Ocurre un poco como en las energías renovables, donde tenemos los paneles fotovoltáicos, las hidroeléctricas, la geotérmica, etc. Nadie en la sala duda de la riqueza de esa diversidad, y se hace énfasis explícitamente en el valor de potenciar aquellas tecnologías cuánticas que, teniendo un potencial considerable, hoy todavía no están maduras y que por tanto no tienen resultados comparables a las que sí lo están. Nuevamente, no se habla de cuotas, pero es evidente que el dinero se distribuirá juiciosamente, y ningún campo se quedará descolgado.

Los oradores, entre otros muchos, incluyen a un científico del Comité, a un representante de la Comisión Europea y a un representante de la Oficina Europea del Ministerio de Economía. Repetidas veces y desde distintos puntos de vista queda claro que, aunque tampoco va a haber cuotas explícitas por países, es inevitable que el dinero se distribuya ampliamente por todo el mapa de Europa. Esto también es inclusividad, parece ser. Al necesitar una mayoría de votos de los Estados miembros para seguir adelante, el proyecto no se aprobaría si se viera que el dinero iba a acabar en los dos o tres países con las infraestructuras más avanzadas. En parte por justicia: si todos los europeos ponemos dinero, tiene sentido que todos nos beneficiemos. En parte por eficiencia, porque los científicos de países con menos infraestructuras no somos más tontos: si nos dotan de medios, produciremos tanto como nuestros colegas. Y, finalmente, por coherencia social con el por proyecto común: al menos en teoría, en Europa queremos progresar juntos.

Así que inclusividad y diversidad son (1) potenciar la participación de la industria, (2) no dejar atrás a las tecnologías menos maduras y (3) favorecer que se suban al carro los grupos de países con infraestructuras de investigación menos desarrolladas. Y las políticas para garantizar estos fines están en marcha.

¿Y de medidas inclusivas para avanzar hacia la equidad de género, qué tal vamos? El tema no sale a debate en la reunión, así que me permito hacer mis propios cálculos. Cuento, desde donde estoy sentado, medio centenar largo de participantes y, entre nosotros, media docena corta de mujeres: como mucho un 10%. La reunión dura más de cuatro horas: un montón de oradores y unas cuantas intervenciones del público. ¿Y cuánto tiempo de micrófono, de las cuatro horas, tiene ese 10% de mujeres? El resultado, en minutos, es cero. Ni un segundo, vamos: toda una mañana escuchando exclusivamente voces masculinas. La reunión podría haberse celebrado hace 100 años y la mujer no habría estado más excluída del mundo académico ni del institucional. Y el asunto ni se menciona: no es que esta cuota de género del 100% no se perciba como un problema, es que no se percibe, punto. Hoy, más que muchos otros días, echo de menos a mis compañeras ausentes.

La mirada extraña de F. Martínez

Creo que no es habitual hacer reseñas del primer capítulo de un libro, pero también creo que, si me espero a leer el libro entero, no me cabrán todas las ideas en la cabeza y renunciaré a escribir nada, por ser incapaz de escribirlo todo. Tampoco es habitual que emplee este espacio para escribir sobre ciencia-ficción. Pero la ciencia-ficción es una parte importante de la cultura científica, y, aunque no sea su objetivo, en libros como La Mirada Extraña conecta plenamente con la justicia social. Así que allá voy. Seré muy breve.

Empezaré, por honradez, avisando de que Felicidad Martínez es mi amiga, y admitiendo que como escritora me gusta mucho, pero no tanto como mis favoritos, pongamos Ursula Kroeber LeGuin o Greg Egan: la amistad no me ciega hasta ese punto. Pero su trabajo me sigue pareciendo asombroso. ¿Por qué? Por ejemplo, porque en el primer capítulo de La mirada extraña, apenas 12 páginas, F. Martínez ha conseguido:
1) Que, al acabar de leer el capítulo, me lo vuelva a leer desde el principio: para saborearlo y para no perderme detalle. Y con el convencimiento, por conocer a la escritora, de que no me está contando cosas que se le pasan por la cabeza, sino que más bien está permitiendo que me asome con prudencia por un ventanuco a través del que me muestra escenas seleccionadas de un paisaje inmenso y rico.
2) Presentar dos sociedades alienígenas (¿o tres?) y sus extrañas miradas: un patriarcado y un matriarcado extremos, y algo intermedio. Diferentes culturas, diferentes fisiologías, y diferentes formas de hablar. Muy interesante, y con ecos lejanos de La Textura de Las Palabras, la relación entre formas de comunicación y formas de organización social.
3) Mostrar convincentemente la violación (homo- y heterosexual) como mecanismo social para establecer la jerarquía e incluso para establecer el género. Mostrar la violación a la vez como algo aceptado, necesario para el mantenimiento del orden social, y como algo espantoso, cuya desaparición es un objetivo primario de la transformación social.
4) En lo que se huele como una invasión colonial con choque cultural, poner el ojo en los pueblos indígenas. Y hacerlo de forma nativa, con valentía, respeto y empatía, en vez de recurrir al socorrido blanco-infiltrado-que-es-mejor-que-los-nativos, tipo Bailando con Lobos, El Último Samurai o Avatar.
5) Introducir expresiones verbales inhumanas -que son el reflejo de formas de vivir y de pensar inhumanas- de forma tan eficaz que las asimilas e interiorizas, y te encuentras riéndote poco después cuando se emplean conversacionalmente y con gracia (aquí me estoy colando ya en el capítulo dos).

No me extiendo más o será más larga la reseña que lo reseñado. Leed a esta ingeniera técnica en diseño industrial que es a la vez la persona más creativa que conozco. Leed La Mirada Extraña.

Tras una puerta azul por no tener los papeles en regla

CIE Zapadores

La puerta azul del CIE de Zapadores, en Valencia.

¿Vives temiendo a que te encierren por una falta administrativa? Hoy* es un buen día para ver La Puerta Azul, un documental que recoge entrevistas sobre los Centros de Internamiento de Extranjeros a activistas y migrantes, y también a representantes del sistema político, judicial y policial. Hoy* es un buen día para recordar que tú y yo convivimos con personas que viven bajo la amenaza real de ser encerradas o deportadas, que viven con el riesgo a ser privadas de libertad y separadas de su familia, por una falta administrativa. Por no tener los papeles en regla. La solución a sus problemas es sencilla: debieron haber nacido europeos.

Los europeos generalmente viajamos sin miedo. Si se habla de personas que migran huyendo de la miseria, del hambre o de la guerra, lo que hemos de hacer la mayoría de europeos es escuchar. Y si queremos hablar, que sea precisamente de nuestros privilegios. Hablemos y démonos cuenta de cómo, incluso cuando migramos, incluso cuando no tenemos los papeles en regla, no nos pasa nada, o casi nada.

Hacer ciencia es migrar, porque la ciencia es viajar, compartir, aprender. En realidad, la vida es viajar, compartir y aprender, pero en la vida científica esto es todavía más evidente. Sin las visitas científicas, sin los congresos, y muy especialmente sin las estancias postdoctorales, el desarrollo de una persona como investigadora está muy limitado. En cada casa las cosas se hacen de una forma y la gente tiene unas ideas. Y cuando digo en cada casa quiero decir en cada laboratorio y en cada centro de investigación. Para avanzar, para beneficiarte de otras ideas y aprender otras formas de hacer las cosas, viajas. Al viajar, aportas tus ideas y tus formas de hacer a quienes te acogen. Y cuando vuelves, si vuelves, compartes lo aprendido y lo vivido.

Yo soy un desastre para las gestiones y, obviamente, en muchos momentos de mi vida no he tenido todos los papeles en regla. Algunos de esos momentos han coincidido con mis viajes de trabajo. No pasa nada, o casi nada: he perdido algún vuelo, o no he podido votar, o he perdido algo de tiempo. Apenas he sufrido arbitrariedad por estos problemas administrativos, y, desde luego, nunca he temido caer en una redada y ser encerrado o maltratado por el color de mi piel. Está incluido en mi enorme paquete de privilegios de haber nacido europeo: la burocracia y las leyes de extranjería son un engorro, no una amenaza.

Otros no nacieron con tanta suerte. A la mujer de un compañero científico, rusa, la amenazaban en el aeropuerto de Manises (Valencia) con no dejarla entrar en el país, teniendo los papeles en regla, por sospechar que pudieran ser falsos. Intervino por teléfono mi compañero, francés pero hablando un español convincente, y cambiaron de idea. A otro compañero investigador, jordano, se le retrasó -por la lentitud de nuestro Ministerio- la renovación de su beca predoctoral. Para un nacido en Europa, una incomodidad. Para él, perder la categoría de estudiante y con ella su permiso de residencia. Bajo el riesgo de ser encerrado o deportado por la fuerza, este investigador tuvo que pagarse, de su flaco bolsillo de becario predoctoral, un viaje de ida y vuelta a Jordania y hacer gestiones desde allí para, cuando finalmente se resolvió su renovación, recuperar su derecho a continuar haciendo su tesis doctoral en Valencia.

Los CIEs, tan bien retratados en el documental, son la punta del iceberg. Vivimos en un mundo de vallas y concertinas, de mares que son cementerios, de vuelos de Air Europa que rompen sueños y familias, de acuerdos entre países para alejar los CIEs más allá de la vista y el oido, para que los nacidos en países ricos no tengan que estar tan cerca de esa puerta azul tras la que se maltrata a los nacidos en países pobres. Vivimos en un mundo que hemos de cambiar.

* Hoy 27F nos manifestamos en toda Europa por el paso seguro de los refugiados y por los Derechos Humanos. No faltes. Documéntate sobre el tema, saca el tema en tu entorno, contribuye a que cambie la opinión pública.

Ciencia, cuidados, apoyo mutuo

Biografías de grandes científicos, si hubieran sido mujeres. Por @Daurmith.

Biografías de grandes científicos, si hubieran sido mujeres. Por @Daurmith.

Los cuidados: viga maestra de la economía, y a la vez invisible como tela de araña para quienes calculan el PIB. Trabajos casi universalmente de mujeres, y por tanto casi universalmente menospreciados. Hacerse cargo de los más pequeños, de los más mayores, de los más débiles y de los enfermos. Es enorme el papel que tienen en la productividad de los investigadores científicos de carrera los cuidados que recibimos en casa. Para las investigadoras científicas de carrera, la situación es más bien la contraria: generalmente llevan a cabo un trabajo de cuidados en casa que, al no ser valorado, hace que el tiempo aparente cundirles menos. Sobre cómo la sociedad nos ve y nos describe de forma distinta según nuestro género, es obligatorio señalar el gran trabajo hecho por @Daurmith, describiendo en breves tuits la vida de grandes científicos como si fueran mujeres (ver arriba).

Ni el papel crucial de los cuidados ni su desprecio se quedan en casa. En el laboratorio y a los despachos, el apoyo mutuo, invisibilizado pero imprescindible, tiene lugar a diario. Los trabajos de cuidados y acompañamiento parecen no existir a la hora de preparar el currículum y al redactar proyectos, pero la investigación científica es prácticamente inviable sin ellos. Al cuantificar la productividad de un grupo de investigación -algo que se hace una y otra vez- se tiene en cuenta cuántas tesis doctorales se han finalizado con éxito, pero no cuántas se han truncado por depresiones o crisis de ansiedad. O por suicidios, que los hay. Se valora la presencia de especialistas capaces de manejar tecnología última generación, pero no el talento ni las horas dedicadas a cuidarnos unos a otros. Y con eso no solo se hace daño al bienestar, que debiera ser lo importante, sino también a la productividad, que es lo que obsesiona a nuestra sociedad.

Quizá no está en el imaginario popular, que ve al mundo académico como un mundo en el que, a base de paciencia, los jóvenes precarios que pasan a ser funcionarios acomodados, pero el mundo de la investigación es muy competitivo, y la inseguridad laboral se prolonga durante décadas, salpicada de picos de estrés. Una y otra vez nos encontamos con puntos críticos que recuerdan a aquel clavo por el que se puede perder la herradura, el caballo con su caballero, la batalla y el reino. En lo que he experimentado en mí mismo y en lo que he visto en mi entorno, más allá de un cierto nivel de tensión, la memoria a corto plazo se viene abajo, y empiezas a no confiar plenamente en tu propia cordura. Abundan los momentos en los que el apoyo de otro cerebro y otro par de ojos supone una gran diferencia.

Al terminar de preparar un artículo científico estás haciendo, en unas horas, que varios meses de trabajo tengan valor o dejen de tenerlo. Terminar de redactar, depositar y defender la tesis doctoral implica que en unos pocos días decisivos se le da sentido -o no- a varios años de trabajo y sacrificios. Al redactar un proyecto para solicitar un contrato postdoctoral, con frecuencia te juegas a la inspiración y concentración de los últimos días el continuar o abandonar tu carrera científica. Más adelante, te puedes encuentrar preparando un proyecto que decidirá la financiación de tu investigación y la de media docena de tus compañeros durante varios años. En estas circunstancias, tener a tu lado a una persona empática, aunque su tarea se limite a mantenerte en tus cabales, es vital. Pero, a la vez, es casi invisible y, salvo por la figura jerárquica del mentor, no se valora.

¿Es la solución burocratizar los cuidados, mercantilizar la solidaridad? Dentro del marco conceptual del mercado, seguramente. ¿Cómo reconocer el valor de algo sin ponerle un precio, si todo es mercado? Existen iniciativas en ese sentido; de hecho, yo mismo he participado como “mentor” para redactar un proyecto europeo. Me negué a cobrar personalmente un sobresueldo por lo que considero que es parte de mi trabajo: la misma ayuda entre compañeros la he prestado y recibido muchas veces sin que conste. Así, el dinero salió de una cuenta de la Universidad (dedicada a favorecer la obtención de proyectos) y entró, salvo el pellizco del IVA, en otra cuenta de la Universidad (la que cubre los gastos de mi proyecto de investigación). Al burocratizar la ayuda aumenta el PIB, pero no la producción real; es una forma de complicar y de que aparezca en los libros de cuentas, como algo ocasional, un trabajo que se hace a diario. E incluso en este esquema los cuidados siguen invisibles, pues el servicio se vende como una asesoría impersonal. Un sinsentido, a mi entender, y será todavía peor cuando dentro de unos años ese mismo servicio tenga lugar pagando y/o cobrando entre particulares. Mercantilizar la solidaridad es no entenderla y es ponerle trabas.

Bajo mi punto de vista, esa no es la mejor forma de trabajar, y no es lo que necesitamos en el mundo de la ciencia. Lo que necesitamos (y no solo en ciencia) es dejar de sobrevalorar la competición a toda costa, que crea un ambiente de trabajo poco seguro*. Necesitamos dejar de sobrevalorar esa tan mal entendida ley de la selva, y necesitamos poner en el lugar que se merece al apoyo mutuo, un concepto con el que no ha dejado de trabajar el anarquismo durante casi un siglo, desde la lectura que Kropotkin hizo del darwinismo hasta nuestros días, cuando se usa como eje para la reorganización social.

* Por cierto, si trabajas en el ramo: Work Safety Survey by Voice of the Researchers.

Yo quería ser como Panorámix

De niño yo quería ser como Panorámix. Sabio, responsable, científico, el más listo del pueblo. Quería ser como Papá Pitufo, como el profesor Tornasol, como Bacterio, o como el Maestro de Érase una vez… el hombre. Sabios, químicos, hombres con cabeza para la ciencia (y, ahora que me doy cuenta, hombres con barba). Con menos de diez años, mi seño de EGB disculpaba mis rarezas al etiquetarme como “un genio despistado”. Eso me hizo la vida más fácil. La sociedad sabía qué esperar de mí, y yo tenía por delante un camino difícil, pero bien señalizado.
Si hubiera sido una niña avispada con vocación científica, no se qué modelos me habrían guiado ni en qué arquetipos me habría encasillado mi entorno. Ahora que lo pienso, ya tengo casi 40 años y no recuerdo habérselo preguntado a ninguna de mis compañeras científicas: ¿tú de pequeña como quién querías ser?

Un poco más mayor, mi profesor de Matemáticas, mi profesor de Física, mi profesor de Química y mis propias lecturas me enseñaron que la ciencia la hicieron hombres, hombres y hombres. Einstein, Newton y Dalton. Avogadro, Kelvin y Pascal. Tesla, Hertz y Coulomb. Ampère, Lavoisier y Le Chatelier. Bueno, y Marie Curie. Ojo a ese contraejemplo, a esa excepción que confirma la regla. Aprendí así que la mujer que quiere, la mujer que vale, la mujer que se esfuerza, llega. Aprendí, además, que esa mujer que quería, valía y se esforzaba vivió en Francia hace unos 100 años y se llamaba Marie Skłodowska-Curie. Y que, tras llegar al doctorado, llegó también a dos premios Nobel. ¿Ves? Todo es ponerse.

Tras el instituto, durante los cinco años de carrera de Química, recuerdo a tres o cuatro profesores de mi especialidad -Química Inorgánica- que me influyeron especialmente. Cuatro hombres, quiero decir. De otros departamentos guardo un recuerdo especial de un par de profesoras y otros dos o tres profesores. A la larga, en mi trabajo de investigación han influido solo dos de esos cinco. Los dos de Química Física; los dos hombres. Tampoco lo había pensado hasta hoy, pero empiezo a ver una tendencia: me ha inspirado más el ejemplo de personas y personajes de mi género.

¿Que se puede tener éxito sin apenas arquetipos que te inspiren ni modelos a imitar? Seguro que sí. También puedes nadar monte arriba, si eres un salmón. Y desde luego la falta de modelos a seguir es solamente un factor en el hecho de que mis compañeras tengan el listón más alto que yo. Pero la inspiración de ver modelos positivos, en la realidad y en la ficción, ayuda a despertar vocaciones en los hombres. Y, por el contrario, el asumir silenciosamente que la infrarrepresentación de la mujer en ciencia es algo natural e inevitable contribuye a matar la vocación en las mujeres. De hecho, cuando se ha estudiado este problema aplicando el método científico, se ha encontrado que precisamente lo que más ayuda a despertar o mantener vocaciones científicas en el instituto es discutir en clase sobre la infrarrepresentación femenina en ciencias.

Figura extraída de Factors that affect the physical science career interest of female students: Testing five common hypotheses (Hazari et al., Phys. Rev. St Phys. Educ. Res. 9, 020115 (2013))

A lo largo de toda mi vida, el cine y la televisión me enseñaron que, como hombre, generalmente soy el protagonista. Me enseñaron que, como hombre, soy el que triunfa y el que fracasa, el bueno y el malo. Que no se me escapa ninguna escena importante y que, por tanto, lo que ve mi ojo es lo que existe. Por otro lado, la sociedad también me contó eso de que en teoría valemos todos lo mismo y lo de que todos tenemos los mismos derechos, sobre todo desde hace unos años que las mujeres pueden hasta votar. Entre una cosa y la otra, aprendí que si no veo en carne propia el problema de género y me dicen que no existe, es que no existe. Y las cosas han cambiado, claro: en el siglo XXI ya puedes doctorarte sin pene aunque luego no vayas a obtener dos premios Nobel. Es muy fácil engañarnos y pensar que el mundo académico es una meritocracia donde no queda (¿casi?) privilegio de género.* Bueno, muy fácil… realmente es más fácil para quienes nos beneficiamos de ese mismo privilegio. Ahora bien, engañarme hasta el punto de creerme que en mi carrera científica como hombre “no me han regalado nada” y que “me lo he ganado todo yo“, pues hasta ahí yo no llego. Yo he nadado mucho y he nadado duro, pero siempre he nadado río abajo, a favor de la corriente.

* Otro día hablamos del privilegio de clase, o del privilegio por el color de piel.

Cómo mola reirse de los ecologistas

Ayer, PACMA triplicó votos y el ecologista Uralde arrasó en Álava. Vaya este texto dedicado a ellos.

Reirse de los ecologistas mola desde siempre. Los mejores son los veganos, porque en la práctica les es imposible ser coherentes con sus ideales al 100%. Y el credo de quien no intenta nada es: si no tienes éxito al 100%, eres peor que quien no lo intenta.[1]

Es más eficaz energéticamente obtener los nutrientes sin intermediarios: esto científicamente es una obviedad. Si gastas parte de las calorías en mantener con vida a otro animal antes de comerlo, te quedan menos a tí. Comer vegetales siempre será menos carga para el medio ambiente que comer herbívoros, por el mismo motivo que comer herbívoros siempre será más eficaz que comer carnívoros.

Como nuestro tren de vida presente está alterando de forma dramática el clima del planeta e hipotecando nuestro futuro, es obvio que hemos de reducir el consumo de carne para reducir nuestra huella ecológica. Y hemos de hacerlo ya, además. Sobre esto no hay dudas, pese a estudios científicos cuyos resultados se difunden disfrazados como “ser vegetariano es peor para el planeta“. Un resumen mucho más acertado sería: “actualmente, la fruta en EEUU se produce sin criterio medioambiental”.

De tan tentador que es reirse de los veganos, hay científicos divulgadores que contribuyen a esta forma de engaño, sabiendo como saben que la conclusión que repiten es absurda. Un truco que usamos los científicos para reirnos de otra gente cuando no piensa como nosotros es aprovechar que, mayoritariamente, no son científicos. Escoges algo de lo que ha dicho el menos formado de tus adversarios ideológicos, le encuentras agujeros factuales, y lo rebates sin problemas. Tampoco es un truco específico nuestro: en general, derrotar a un hombre de paja es un truco buenísimo para no cuestionarse el propio punto de vista. Lo malo es que así no avanzamos.

Por otro lado, el hecho de la carne es energéticamente más cara que los vegetales es solamente una verdad científica, teórica. Luego está la práctica, la ingeniería: el resultado puede cambiar dependiendo de cómo se produzcan esos vegetales y esa carne. Y así llegamos al otro absurdo que popularizan algunos científicos y divulgadores: “la alimentación ecológica es un timo“.

Personalmente, me da lo mismo si está más bueno o no, e incluso si es más nutritivo o no. La ecología no estudia las propiedades nutricionales u organolépticas de los alimentos. La ecología es la ciencia que estudia las interrelaciones de los diferentes seres vivos entre sí y con su entorno. Es obvio para cualquier científico que diferentes formas de producir alimentos tienen distinto impacto medioambiental, y también es obvio que reducir este impacto debiera ser prioritario. Es difícilmente discutible que, lejos de ser un timo, la alimentación ecológica es imprescindible. E igualmente claro es, para quien entiende qué es la ciencia y qué es la tecnología, que la biotecnología (transgénicos incluidos) no es un adversario de la ecología, sino un aliado, una herramienta más. Una herramienta que a veces se emplea bien y otras se emplea mal.

¿Que hay malas leyes y malas prácticas, y que muchas veces se vende como ecológico lo que no lo es? Sin duda. De hecho, la forma de funcionar de nuestra sociedad libremercantilista es incompatible con la ecología. Por eso casi todo lo que nos venden como ecológico no lo es, o al menos no lo es tanto como pretenden. Pero la forma de mejorar las cosas es educar a legisladores, a trabajadores y a consumidores para que avancemos hacia una producción y un consumo cada vez más ecológicos. De alimentos, y de todo lo demás.

[1] Hay que admitir que en parte también mola reirse de los veganos porque pica. Pica que a uno le llamen asesino en particular, o que le afeen la conducta en general.

Mi voto útil

¿Cómo decido lo que considero un voto útil?

Lo primero, busco la mejor estimación de votos en mi circunscripción. Encuestas, tendencias, mi propia impresión. Un trabajo de investigación estadístico de mi Universidad. Lo que encuentre. De ahí sale una estimación de votos para cada partido, y también una estimación de la incertidumbre. Esto es lo más difícil, pero, como no hay alternativa mejor, se hace lo mejor que se puede y se sigue adelante.

Segundo, traducir esos votos en escaños. Esto un ejercicio matemático trivial.

Tercero: de las fuerzas políticas con las que tengo algo en común, de los candidatos que me gustan, ¿hay escaños bailando? Si la mejor estimación que tengo para mi circunscripción no da claro si una fuerza política que me gusta tiene N escaños o N+1, si hay un candidato al que querría ver como diputado y que quizá entre o quizá no, ahí irá mi voto.

Ese es para mí el voto útil: ejercer una influencia probabilística a favor de un escaño que me importe, en una situación de alta incertidumbre. Cuanto más cerca se quede de haber ganado o perdido el escaño por un voto, más cerca de ser útil habrá quedado mi voto. El voto más útil es, claro, aquel en el que se decide un escaño por un voto. Seguro que hay otras definiciones, pero esta es la mía 🙂

Si entre las personas a las que me apetecería mandar al Congreso no hay ningún escaño bailando en mi circunscripción,[1] el voto útil es el voto simbólico, e irá a la formación extraparlamentaria y minúscula a la que más ilusión me haga darle una alegría. O a un voto nulo creativo como mensaje a los apoderados e interventores.

Otra cosa es que el voto en sí, todo el ejercicio de la democracia representativa sea más o menos útil. Desde luego, si nos quedamos en eso no hacemos nada. Pero, a igualdad de energía activista, la abstención tampoco la considero especialmente útil, así que al final acabo cayendo y participo.

[1] Hay diversos motivos posibles, por ejemplo si está claro el número de diputados que van a sacar, o bien si está claro que no sacan ninguno, que es como decir que ninguno de los que se presentan con posibilidades me parece digno de mi voto.

Mi voto, como científico

Se acerca la fecha. Nos toca decidir el voto (¿útil?). Bajo mi punto de vista como científico -que es una parte importante de lo que soy- hay tres aspectos cruciales a considerar en un partido político:

Primero y fundamental, el pensamiento racional. Sin pensamiento racional, es difícil llegar lejos. Las supersticiones tienen su lugar en la cultura, pero hemos de trabajar en la realidad. Es una desgracia que se legisle siguiendo los dictados de la Iglesia Católica, como lo es que se de cancha a seudoterapias o seudodolencias. No deja de crecer la lista de Universidades que, buscando funcionar con criterios de rentabilidad económica, admiten entre sus muros lo que nunca debiera entrar.

Segundo, el cambio climático, que me parece el gran reto científico y social del siglo XXI. Sin arreglar esto sí que no llegamos lejos. Este punto es, además, transversal: las múltiples regulaciones que son condición necesaria para frenarlo no son compatibles con el modelo capitalista actual. El libre mercado ya ha demostrado que no tiene herramientas eficaces para dejar el carbono enterrado en el suelo ni para poner en marcha el decrecimiento necesario para que nuestra civilización sobreviva dos generaciones. Así, grandes porciones del programa que parecen ir de economía o política internacional (y sus siglas asociadas: TTIP, FMI…), o de servicios públicos, de modelos de urbanismo, consumo o mobilidad, en realidad son fundamentales para el gran problema del cambio climático. La ciencia nos dice: de esta no salimos cambiando las bombillas.[1]

Tercero, la investigación. Hay que invertir en investigación pública para resolver problemas sociales. A corto, a medio y a largo plazo. Aquí tenemos la otra cara de esa transversalidad: hablando de la carrera investigadora, de la inversión en conocimiento, a la vez se está hablando de la economía y de la industria de la próxima generación. No me parece razonable que aspiremos a ser un país para turistas.

¿Cómo valoro, desde estas tres directrices, a las siguientes organizaciones políticas?

El Partido Popular, heredero del nacionalcatolicismo, pone medallas a las Vírgenes, hasta hace poco negaba el cambio climático y se ha cargado la investigación pública en España. No hace falta darle más vueltas.

El PSOE ha plantado históricamente cara (un poco) a la Iglesia Católica. Podría haber hecho más, claro. Y menos también. No se puede dejar de reconocer que duplicó en su día la inversión en I+D. Pero como partido capitalista que es, no trabajará para frenar el cambio climático como necesitamos que lo haga.

A Cs los veo comparables al PSOE, pero con mucha mejor asesoría a la hora de elaborar la parte científica del programa electoral. Comparados con el PSOE, creo que desafiarán algo menos a la religión y algo más a otras supersticiones seudocientíficas. Me parece difícil predecir quién invertirá más en investigación, pero parece claro que Cs invertirá mejor. Sobre todo, mejor para la empresa privada. Ahora bien, sus políticas de libre mercado seguirán alimentando a la locomotora que tira del cambio climático; al menos tanto como las del PSOE o las del PP. Esa postura tampoco es contradictoria con la ciencia, realmente: simplemente consiste en sacrificar a los muchos y a los que están por venir para el beneficio de los pocos y del corto plazo. Algunos viviremos (¿o vivirán?) algo más cómodos algunos años más, pero la cuenta la pagarán los niños de hoy y los pobres de mañana, y esa cuenta será de espanto.[2]

Las fuerzas a la izquierda del PSOE (desde Unidad Popular a Podemos pasando por todos sus aliados reales y potenciales) son, con diferencia, las más beligerantes con la superstición eclesiástica. En cambio, contra las seudociencias a veces son los más débiles. Aquí hay más de una batalla importante por librar, y hemos de comprometernos quienes tenemos formación científica y a la vez buscamos la justicia social: hemos de insistir en que, si bien tiene todo el sentido que se planteen propuestas alternativas a la actualidad económica, que es una construcción humana, no lo tiene el jugar con alternativas a la realidad científica, que es objetiva. En cuanto al cambio climático, las fuerzas que recogen postulados anticapitalistas me parecen la única opción sensata. Aquí sí hay potencial de que nuestros hijos hereden un planeta poco hostil, y de que nuestros nietos hereden una civilización digna de tal nombre. Resultan, por tanto, la única opción responsable con quienes tienen menos y con quienes están por venir, la opción que menos hará que nos maldigan por haber tolerado el lujo a costa de su sacrificio. En cuanto a la investigación, de nuevo, a estas fuerzas les queda (¿nos queda?) trabajo por hacer: no dejarán que se hunda la investigación pública, eso seguro, pero los programas son mejorables. Lo bueno es que estas fuerzas tienden a responder a la presión de la calle cuando gobiernan: en la práctica, para mejorar esos programas habrá que organizarse y trabajar.

[1] Aconsejo mucho leer esta entrevista de Amy Goodman a Kevin Anderson para Democracy Now!, del 8/12/2015

[2] Los primeros refugiados climáticos están pagando ya la cuenta de los excesos cometidos por los más ricos durante las últimas décadas, y quienes vivimos en países acomodados nos tendremos que apretar más el cinturón durante los próximos años por esos mismos excesos: se han (nos hemos) gastado ya casi todo el presupuesto de carbono, y ahora toca emitir poco y tener un cambio climático relativamente moderado, aunque dañino… o seguir emitiendo unos años más y tener un cambio climático desastroso.

Un tren sale de Vladivostok en dirección al abismo…

El tren de largo recorrido avanza hacia el abismo, y cada día que pasa la vía es un poco más cuesta abajo. Por eso cada día que pasa vamos un poco más deprisa. Las vistas, por otro lado, son espectaculares, y el tren es extremadamente confortable. Así que todos estamos encantados: maquinistas, revisores, el personal del bar y los pasajeros. Cada cual desde su lugar contribuye a que el viaje siga como hasta ahora. Eso sí, cada día que pasa va quedando menos combustible. Y menos comida, nos comentan desde el vagón-restaurante.

Hace una semana, un revisor advirtió de que, por este camino, la pendiente sigue aumentando. Hoy ha pasado por los pasillos insistiendo, un poco pesado: en algún momento tenemos que empezar a frenar, y, luego, dar la vuelta. La verdad es que el viaje panorámico ha sido increíble, la experiencia de nuestras vidas, pero empezamos a estar de acuerdo en que seguir alejándonos de la ciudad no es buena idea. Sin embargo, está claro en que con la velocidad que llevamos, frenar de golpe supondría muchas incomodidades. Y luego no está nada claro que sea posible tender vía nueva para dar media vuelta. La idea de ir marcha atrás nos parece ridícula, desde luego.

La velocidad se empieza a hacer incómoda: a algunos pasajeros les ha caído equipaje encima al pasar por un tramo de vía mal mantenida. Nos proponemos nombrar a unos cuantos portavoces de entre los vagones de primera y segunda clase, y discutirlo para buscar una solución razonable dentro de una semana. Los maquinistas están preocupados, dicen que si seguimos cogiendo velocidad va a ser muy difícil frenar. Algunos pasajeros defienden lo contrario: dicen nosequé de una mano invisible y que, cuando de verdad sea necesario, a los maquinistas se les ocurrirá cómo ponerle alas al tren para volar de regreso a la ciudad. No tenemos claro si son de una secta o algo, pero su mensaje es bastante más tranquilizador que el de los propios maquinistas, que parecen unos agoreros.

Ha pasado otra semana, y desde el vagón-restaurante han hecho inventario y nos dicen que, aunque frenásemos ya, la comida no alcanzará para volver. Me parece una actitud muy irresponsable: un mensaje así de alarmista podría causar un pánico, especialmente entre los pasajeros de tercera, que son más simplones. Por otro lado, y dejando de lado la lata de darle la vuelta a los asientos para no marearnos al ir marcha atrás, lo cierto es que a estas alturas frenar de golpe sería una temeridad, a la velocidad a la que vamos y con la pendiente que han alcanzado las vías.

Por fin hemos quedado en que a partir de la semana que viene vamos a empezar a frenar. Tampoco quedaba combustible para seguir acelerando mucho más, en realidad. Los de primera al principio no querían saber nada de racionar la comida, pero luego les hemos explicado que la parte peor se la llevarán los de tercera. Alguno señalaba que, ya que hay que frenar, nos saldría más a cuenta comernos a los de tercera y así por lo menos no pasamos tantas penalidades en el camino de vuelta.